Nadie imaginaba dónde dormía el jugador sub20 de Rosario hasta que Di María lo descubrió. El estadio estaba en silencio. El entrenamiento había terminado hacía apenas unos minutos, pero el aire seguía tenso, cargado de murmullos. Entre los jóvenes que recogían los conos y guardaban los balones, uno llamaba la atención, no por su talento, que era evidente, sino por algo más difícil de definir, una especie de distancia de aislamiento.Se llamaba Lucas, un chico del equipo sub20 del Rosario Central, siempre puntual, siempre correcto, pero con una mirada que evitaba el contacto cuando alguien le preguntaba algo personal.

Nadie sabía demasiado sobre él y lo poco que se comentaba no encajaba del todo. Un compañero, mientras se cambiaba los botines, lo observó irse del vestuario con una mochila gastada y una gorra que le cubría parte del rostro.“¿Dónde vivís vos, Lucas?”, le preguntó uno de los chicos del grupo. Él sonrió sin levantar mucho la vista. “¡Ahí cerca por Alberdi”, respondió rápido, como quien quiere cortar el tema. Pero esa respuesta no convenció a nadie.

Algunos se miraron entre ellos porque ninguno lo había visto nunca por esa zona, ni en los colectivos de la mañana ni en las calles donde solían cruzarse antes de ir al club.Esa noche uno de los preparadores notó que Lucas no se iba con nadie. caminaba solo, con la cabeza baja, hasta perderse por una calle lateral, lejos de las avenidas principales. El hombre pensó en ofrecerle un aventón, pero algo en la actitud del chico lo detuvo. Parecía no querer ser visto.

No era una rebeldía, era más bien una forma de esconderse sin hacer ruido.Y esa actitud empezó a despertar curiosidad en el cuerpo técnico. Mientras tanto, en otra parte de la ciudad, Ángel Di María había regresado a Rosario por unos días. Visitaba el club que lo vio crecer. recorría las canchas donde había comenzado todo. Saludaba a los juveniles, daba consejos, firmaba camisetas.Lo hacía con el mismo respeto de siempre, sin estridencias, con la sencillez que lo caracterizaba. Durante una charla con los entrenadores de la cantera, alguien mencionó de forma casual el nombre de Lucas.
“Tiene condiciones,” dijo uno de ellos, “pero hay algo en su historia que no cuadra.” Di María se detuvo al escuchar eso. “¿Qué querés decir?”, preguntó.Nada grave, solo que nadie sabe muy bien dónde vive. Dice que tiene casa, pero nadie la ha visto. El comentario quedó flotando unos segundos. Di María no respondió de inmediato. Se limitó a sentir con un gesto serio mientras observaba a los chicos entrenando en el campo.
Años atrás, él mismo había sentido lo que era tener poco y no poder contarlo, y eso lo inquietó.Había visto muchos jóvenes con talento perder oportunidades por motivos que no tenían nada que ver con el fútbol. decidió que quería saber más. Al terminar la visita antes de irse, Di María se acercó a uno de los ayudantes del club. “Quiero que me averigüen algo sobre ese chico Lucas”, le dijo en voz baja. No para exponerlo, sino para entender por qué se esconde.El ayudante asintió sin hacer preguntas.
Sabía que cuando Di María pedía algo así era porque había visto algo más allá de lo evidente. Esa noche el rumor corrió entre algunos miembros del plantel juvenil. Di María había preguntado por Lucas. Nadie sabía exactamente por qué. Algunos se lo tomaron como un gesto de interés, otros como una advertencia.Pero Lucas, al enterarse sintió que el suelo se le movía. Esa sensación de haber sido descubierto, aunque aún nadie supiera la verdad, le provocó una mezcla de miedo y alivio. Miedo porque su secreto estaba a punto de salir.
Alivio porque tal vez por fin alguien se había dado cuenta de su situación.Desde ese momento, cada movimiento en el club se volvió más tenso. Los ojos lo seguían. Algunos compañeros lo observaban con curiosidad, otros con lástima. Lucas lo notaba todo y eso lo desgastaba más que cualquier entrenamiento físico. Lucas llegó esa noche al mismo lugar de siempre, una estructura vieja a unas cuadras del club.Era una pequeña construcción abandonada que alguna vez había sido una oficina de mantenimiento del estadio municipal.
Tenía una puerta rota, una ventana sin vidrio y una pared descascarada que dejaba pasar el viento. Allí, entre una colchoneta fina y una mochila con ropa doblada con cuidado, dormía. Nadie lo sabía. Nadie debía saberlo.Encendió la linterna de su celular y revisó un par de mensajes. Ninguno era de su familia. Hacía meses que no tenía contacto con ellos. Apenas comía algo de lo que le daban en el club y guardaba lo que podía para el día siguiente. No se quejaba.
En los entrenamientos no mostraba signos de cansancio, pero en cuanto se apagaban las luces del campo, la realidad se volvía insoportable.Al día siguiente, mientras el grupo realizaba ejercicios de coordinación, uno de los entrenadores lo observó tropezar. No era común en él. ¿Estás bien, Lucas?, le gritó el preparador. “Sí, profe, todo bien”, respondió el chico sin mirarlo, pero el sudor frío en su rostro lo delataba. Se notaba que no había dormido bien. El técnico intercambió una mirada con su asistente y tomó nota mental.Había que hablar con él más tarde.
Mientras tanto, el ayudante de Di María cumplía su encargo. Revisó los registros del club y notó que en la ficha del jugador no había dirección comprobada, solo un nombre de barrio y un número que no correspondía a ninguna vivienda. Intentó rastrear la zona y descubrió que la dirección pertenecía a un terreno valdío.Decidió comentarlo directamente con el ídolo. Esa tarde, en una oficina del club, Di María escuchó el informe con el ceño fruncido. “¿Estás seguro?”, preguntó. Totalmente. No hay registro de que viva en ningún lado. El silencio fue incómodo.
Di María apoyó las manos sobre la mesa y dijo en voz firme, entonces hay que encontrarlo.